Llueve en México.
Se siente como si cada gota buscara limpiar un poco esta atmósfera áspera, de vértigo y de vacío que a veces se siente en la ciudad. Las calles mojadas reflejan la luz de los faroles y yo siento nostalgia por la vida. Nostalgia por mis personas más queridas, por mis causas perdidas, por el pasado, el futuro y el presente.
Vivir siendo lo que uno ha de ser me asusta a veces. Los sueños son como frágiles criaturas que pueden quebrarse entre las manos; dan ganas de escondérseles aún sabiendo cuánto valen la pena.
La luz blanca del día logra envolverme y me lleva como flotando. Pero la lluvia... ella arrincona detrás de los cristales, bajo los techos, contra las paredes; hace que mis perros se enrosquen como protegiéndose de algo; hace temblar a Catalina que me mira con sus ojitos de perrita adolorida; invoca recuerdos, obliga a mirarla de frente, a escuchar sus estruendos y recordar.
Por eso me da tanta nostalgia.